La tentación de comenzar por la herramienta
Cuando una organización decide transformarse, la conversación suele girar rápidamente hacia las herramientas. Aparecen nombres de plataformas, iniciativas de inteligencia artificial, proyectos de automatización o estrategias de migración tecnológica. La discusión avanza con rapidez. En ocasiones, incluso se toman decisiones importantes antes de responder una pregunta mucho más simple: ¿hacia dónde queremos ir?
Puede parecer una pregunta obvia. De hecho, muchas veces asumimos que todos compartimos la misma respuesta. Sin embargo, cuando la pregunta se plantea durante la definición de una estrategia o al inicio de un proyecto importante, no siempre existe el mismo nivel de claridad entre todos los involucrados. Sin esa claridad, la tecnología deja de ser un habilitador para convertirse en una serie de iniciativas que avanzan en paralelo, pero no necesariamente hacia el mismo destino.
Aunque la salud, la sustentabilidad y la logística ofrecen ejemplos muy visibles de esta realidad, el fenómeno no pertenece a una industria en particular. Toda organización que busca transformarse suele encontrarse con la misma tentación: concentrar su atención en las herramientas antes de definir con claridad el futuro que desea construir.
La presión por mejorar la experiencia de sus usuarios, optimizar operaciones, reducir costos o adaptarse a nuevas condiciones de mercado suele impulsar la búsqueda constante de nuevas soluciones tecnológicas. Sin embargo, incorporar tecnología no siempre significa avanzar. Cuando las iniciativas nacen sin una visión compartida, existe el riesgo de acumular herramientas, proyectos y datos sin construir realmente las capacidades que la organización necesitará en el futuro.
Al final, antes de decidir qué herramientas incorporar, es necesario tener claridad sobre el destino que se quiere alcanzar.
Antes del roadmap, la visión
Toda transformación necesita una dirección antes de necesitar una plataforma. Un roadmap puede ayudar a ordenar prioridades, coordinar esfuerzos y establecer una ruta de ejecución, pero difícilmente podrá cumplir ese propósito si antes no existe una visión clara del destino. Algo similar ocurre con el ecosistema digital. Las aplicaciones, los datos, las integraciones y los procesos forman parte de un mismo conjunto. Como cualquier ecosistema, funcionan mejor cuando evolucionan de manera coordinada y no como elementos aislados.
Esta idea no es nueva. Richard Rumelt la desarrolla muy bien en su libro Good Strategy, Bad Strategy al explicar que una estrategia efectiva no consiste en acumular iniciativas, sino en identificar con claridad el desafío principal que debe resolverse. Cada vez que releo ese concepto encuentro algo particularmente vigente: la presión por actuar rápidamente suele ser mucho mayor que la disciplina para detenerse a pensar hacia dónde queremos dirigir nuestros esfuerzos.
Recientemente leí una idea del profesor Michael Porter que complementa muy bien esta reflexión. En ella afirma que la esencia de la estrategia consiste en elegir qué no hacer. Sin duda, es una de esas frases que parecen simples al leerlas por primera vez, pero que adquieren más significado mientras más se reflexiona sobre ellas.
La verdadera dificultad ya no está en encontrar herramientas disponibles, sino en decidir cuáles contribuyen realmente a la visión de largo plazo y cuáles simplemente añaden complejidad.
Más allá de la tecnología
Cuando existe una visión definida ocurre algo interesante: las decisiones comienzan a conectarse entre sí de forma mucho más natural. Los proyectos dejan de competir por protagonismo y empiezan a formar parte de una misma historia. Esa es una de las señales más claras de una transformación saludable: cuando las iniciativas dejan de verse como esfuerzos independientes y comienzan a percibirse como piezas de una construcción mayor.
"Si quieres construir un barco, no empieces por buscar madera ni repartir tareas; primero despierta en las personas el anhelo por el mar infinito."
- Antoine de Saint-Exupéry -
Algo parecido ocurre con la transformación organizacional. Antes de construir sistemas, integrar plataformas o incorporar inteligencia artificial, es necesario construir una visión compartida del futuro que se desea alcanzar. La tecnología puede acelerar el camino, pero difícilmente puede definir el destino.
Con el tiempo he llegado a la conclusión de que las conversaciones más importantes sobre transformación rara vez comienzan hablando de tecnología. Normalmente comienzan hablando de personas, de propósito y de la organización que se desea construir o transformar. La tecnología aparece después, como una consecuencia natural de esa visión.
Después de todo, ningún viaje comienza con el camino. Todo empieza sabiendo hacia dónde ir. La transformación tampoco comienza con tecnología, sino con una visión clara de hacia dónde se quiere llegar.